
Antes de dedicarme al Feng Shui y a la Arquitectura del Bienestar, fui empresaria.
Durante años gestioné distintos negocios y tomé decisiones muy parecidas a las que hoy toman muchos de mis clientes. Elegir un local. Invertir en una reforma. Diseñar un espacio. Contratar personal. Asumir riesgos. Y esperar que todo funcionara como estaba previsto.
Por eso entiendo perfectamente lo que se siente cuando una vivienda o un negocio no responde al potencial que parecía tener. Porque yo también lo he vivido. Y fue precisamente una de esas experiencias la que cambió para siempre mi forma de entender los espacios.
Hace más de 20 años realicé una importante inversión en un nuevo negocio. El local estaba situado en una de las calles más comerciales de la ciudad. La ubicación parecía buena. La imagen era buena. Entraba gente. Todo parecía indicar que el proyecto debía funcionar.
Sin embargo, cuando llegaba el momento de revisar los resultados, algo no cuadraba. Sentía que había algo que no estaba viendo. Algo que no conseguía explicar ni desde la gestión, ni desde el producto, ni desde la propia ubicación.
Fue entonces cuando decidí realizar mi primer estudio de Feng Shui.
Hasta ese momento mi visión era muy parecida a la que tienen muchas personas. Pensaba que el Feng Shui era algo casi mágico. Como si existiera un botón oculto que, al activarlo, hiciera que todo comenzara a funcionar por sí solo.
La realidad fue muy diferente. Y mucho más interesante.



















